Fabulas
Fabulas —¡Ay, Dios! —exclamó el boticario—. Eso sà que es grave. Desnúdese de inmediato. —Y en cuanto el joven se hubo desnudado, el boticario lo examinó de la cabeza a los pies—. No —anunció, con gran alivio—, no falta ni una sola escama. Alégrese, amigo mÃo, porque su ungüento está como nuevo.
—¡Qué disparate! —protestó el joven—. ¿Y eso de qué me sirve?
—Comprendo que debo explicarle los efectos de mi ungüento. No evita exactamente el pecado, sino que atenúa sus consecuencias más dolorosas. No vale tanto para este mundo como para el futuro. No actúa contra la vida. En resumidas cuentas, es para la muerte para lo que le he preparado. Y cuando vaya usted a morir, ya me dará noticias de sus efectos.
—¡Vaya! —dijo el joven—. No lo habÃa entendido asà y me resulta un tanto decepcionante. En todo caso, no me cabe duda de que será para bien. Entretanto, le agradeceré que me ayude a reparar el daño que he causado a personas inocentes.
—Eso no es asunto mÃo —dijo el boticario—, pero si va usted a la comisarÃa, que está a la vuelta de la esquina, podrá entregarse y encontrará alivio.
Al cabo de seis semanas se dio aviso al boticario para que acudiese a la prisión de la ciudad.