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VIII

LA CASA DE ELD

EN CUANTO EL NIÑO empezó a hablar se remacharon los grilletes. Los pequeñines correteaban renqueando como presidiarios. Qué duda cabe de que las cadenas eran más lastimosas de ver y más dolorosas de llevar llegada la juventud. Hasta los adultos, además de moverse con torpeza, padecían frecuentes úlceras.

Cuando Jack tenía alrededor de diez años, el país comenzó a recibir la visita de muchos extranjeros. El muchachito los veía recorrer con ligereza los largos caminos, y esto le llenaba de asombro.

—No entiendo cómo todos esos extranjeros caminan tan deprisa, mientras que nosotros tenemos que arrastrar los grilletes —observó un día.

—Mi querido muchacho —dijo su tío, el catequista—, no te quejes de tus grilletes, pues es lo único por lo que merece la pena vivir la vida. Nadie es feliz, nadie es bueno, nadie es respetable, si no va encadenado como nosotros. Además, debo decirte que ésta es una conversación muy peligrosa. Si te quejas de los hierros, caerás en desgracia. Si alguna vez se te ocurre quitártelos, en ese mismo instante serás fulminado por un rayo.

—¿Y los rayos no afectan a los extranjeros? —quiso saber Jack.

—Júpiter se resigna con los ignorantes —respondió el catequista.


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