Fabulas

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La mano no le respondía y le faltaba el valor, por lo mucho que quería a su tío, pero al fin levantó la espada y le asestó un mandoble en la cabeza. La aparición aulló con la voz de su tío y cayó al suelo. Y una cosa blanca y sin vida escapó de la habitación.

El grito resonó en los oídos de Jack, que se hincó de rodillas, con gran remordimiento de conciencia. Sin embargo, se sentía fortalecido, y en lo más profundo de su ser despertó el apetito por la sangre del mago.

«Si han de caer los grilletes —pensó— debo acabar con esto y, cuando vuelva a casa me encontraré a mi tío bailando».

Así, fue en pos de aquella cosa sin vida. Por el camino se encontró con su padre, que parecía muy indignado, le recriminó, le instó a cumplir con su deber y le rogó que volviera a casa mientras aún estuviera a tiempo.

—Aún puedes estar de vuelta antes de que caiga el sol —dijo—, y se te perdonará todo.

—Bien sabe Dios —contestó Jack— que temo tu ira, pero tu ira no demuestra que un hombre tenga que llevar grilletes en el pie derecho.

A lo cual la aparición de su padre glugluteó como un pavo.

—¡Ay, cielos! —exclamó Jack—. ¡Otra vez el hechicero!


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