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A lo cual la aparición de su madre glugluteó como un pavo.

Jack nunca llegó a saber cómo lo hizo, pero blandió la espada y partió en dos a la aparición, que aulló con la voz de su madre y cayó al suelo. Y, al caer, la casa se desplomó sobre la cabeza de Jack, y el chico se vio solo en mitad del bosque, libre de sus grilletes.

«Bien —pensó—, el hechicero está muerto y han caído las cadenas». Pero los gritos seguían resonando en sus oídos y el día se tornó como la noche. «Ha sido una empresa muy ardua. Ahora saldré del bosque y comprobaré el bien que he hecho a los demás».

Pensó dejar los grilletes donde habían caído, pero cuando se disponía a marcharse cambió de opinión. Se agachó y se ciñó la cadena al pecho: el duro hierro se le clavaba al andar, y su pecho sangraba.

Cuando salió del bosque y se vio en el camino, se encontró con la gente que volvía de los campos, y vio que no llevaban grilletes en el pie derecho, pero ¡hete aquí que los llevaban en el izquierdo! Jack les preguntó qué significaba aquello. Y le dijeron: «Es la nueva costumbre, pues hemos sabido que la antigua era una superstición». Los examinó de cerca y vio que tenían una nueva úlcera en el tobillo izquierdo, mientras que la del derecho aún no se había curado.


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