Fabulas
Fabulas «¡Ay! —pensó el misionero—. Al final va a ser verdad que algo hay». Y nadó con más fuerza, pero la corriente seguÃa arrastrándolo. «Me trae sin cuidado este remolino», dijo. Y no habÃa terminado de decirlo cuando vio una casa construida sobre pilotes en el mar. Era una casa de juncos amarillos, unidos entre sà y atados todos por una cuerda negra. Una escalera conducÃa hasta la puerta y de todas las paredes colgaban calabazas. El misionero nunca habÃa visto una casa parecida, ni calabazas parecidas, y el remolino lo llevó hasta la escalera. «Esto es muy singular, aunque no creo que haya nada aquû. Se sujetó a la escalera y trepó por ella. Era una casa muy bonita, pero estaba vacÃa. El misionero se volvió y no vio ninguna isla: sólo el mar en su vaivén. «¡Qué raro lo de la isla! —se dijo el misionero—. Pero ¿quién tiene miedo? Mis historias sà que son ciertas». Echó mano de una calabaza, pues era un hombre curioso. No habÃa hecho más que cogerla cuando la calabaza que tenÃa en la mano, junto con la casa que habÃa visto y en la que se encontraba, estallaron como una pompa de jabón y se esfumaron. La noche se cerró sobre él, sobre las aguas y sobre las redes de pesca, y el misionero se revolcó como un pez.
«Pues sà parece que aquà hay algo —pensó el misionero—. Pero si esas historias son verdad, ¡qué no serán las mÃas!».