Fabulas

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Entonces, la llama de la antorcha de Akaänga se aproximó en la noche, y unas manos deformes buscaron a tientas entre las redes, agarraron al misionero entre el índice y el pulgar y se lo llevaron, chorreando, en mitad de la noche y el silencio, hasta el lugar donde se encontraban los hornos de Miru. Y allí estaba Miru, enrojecida por el resplandor de los hornos; y cuatro de sus hijas, sentadas, preparando el kava de los muertos; y los llegados de las islas de los vivos, empapados y lamentando su suerte.

Era un lugar aterrador para los hijos de los hombres. Pero, de todos los que allí habían llegado, el misionero era el más afligido. Y para colmo, el que estaba a su lado era un indígena al que él mismo había evangelizado.

—¡Vaya! —dijo el converso—. ¿Con que estás aquí, igual que tus vecinos? ¿Y qué ha sido de todas tus historias?

—Me parece que no eran ciertas —respondió el misionero, rompiendo a llorar.

A esas alturas el kava de los muertos estaba listo y las hijas de Miru comenzaron a entonar sus cánticos según la antigua usanza.


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