Fabulas

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«Se han marchado las verdes islas y el mar resplandeciente, y el sol y la luna y los cuarenta millones de estrellas, y la vida y el amor y la esperanza. Ya sólo puedes sentarte en mitad de la noche y del silencio a contemplar cómo son devorados tus amigos, porque la vida es un engaño y la venda ha caído de tus ojos».

Terminado el cántico, una de las hijas se acercó con el cuenco de kava. El misionero sintió cómo crecía en su pecho el deseo de probar aquel brebaje. Lo anhelaba como anhela la tierra el nadador o el novio a su prometida. Y tendió la mano, cogió el cuenco y bebió un trago. Entonces se acordó, y soltó el cuenco.

—¡Bebe! —dijo la hija de Miru—. No hay kava comparable al kava de los muertos, y beberlo una sola vez es la recompensa de los vivos.

—Te lo agradezco. Huele de maravilla —dijo el misionero—. Pero soy un hombre de prestigio, y aunque sé que existen diferencias de opinión, incluso dentro de nuestro propio credo, siempre he sostenido que no debía probarse el kava.

—¡Cómo! —protestó el converso—. ¿Vas a respetar un tabú en un momento como éste? ¡Tú, que tanto te oponías a los tabúes cuando estabas vivo!

—Sólo a los de los demás —dijo el misionero—. Nunca a los míos.

—Pero los tuyos han resultado ser falsos —replicó el converso.


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