Fabulas
Fabulas —Eso parece —asintió el misionero—, y no puedo evitarlo. Pero no hay razón para que rompa mi promesa.
—¡En la vida he visto cosa igual! —exclamó la hija de Miru—. Dime, ¿qué esperas ganar?
—Ésa no es la cuestión —dijo el misionero—. Si he exigido a otros esa promesa, no voy a romperla ahora.
La hija de Miru estaba desconcertada. Fue a contárselo a su madre, y Miru se enfadó mucho. Juntas acudieron a Akaänga.
—No sé qué hacer —dijo Akaänga. Y fue a razonar con el misionero.
—Pero es que existen el bien y el mal —dijo el misionero—, y eso tus hornos no pueden cambiarlo.
—Dadles el kava a los demás —les dijo Akaänga a las hijas de Miru—. Tengo que librarme de inmediato de este leguleyo, o tendremos problemas.
Al momento, el misionero aparecÃa en mitad del mar y frente a él se extendÃa la isla con sus palmeras. Nadó alegremente hasta la costa y salió del agua. Eran muchas las reflexiones que se agolpaban en su pensamiento.
«Debo de estar mal informado sobre algunos detalles —pensó—. Puede que no haya tanto de cierto en todo esto como yo suponÃa, pero al final resulta que algo hay. Es un motivo para alegrarse».