Fabulas
Fabulas EL POBRE INFELIZ
HABÍA EN LAS ISLAS un hombre que pescaba para llenar su estómago vacío y arriesgaba la vida para hacerse a la mar con tan sólo cuatro maderos. A pesar de sus muchas tribulaciones, era de corazón alegre y las gaviotas le oían reír cuando la espuma de las olas le salpicaba. Y aun siendo su herencia muy escasa, gozaba de un ánimo bien sólido, y cuando los peces se acercaban a su anzuelo en mitad de las aguas, bendecía a Dios sin pensar en nada más. Era paupérrimo en bienes y feísimo de rostro, y no tenía esposa.
Sucedió a la hora de salir de pesca que el hombre se despertó en su casa a eso de la media tarde. El fuego ardía en el centro de la estancia, el humo ascendía y el sol entraba por la chimenea. Y el hombre vio a otro hombre que se calentaba las manos en el fuego de turba.
—Te saludo, en el nombre de Dios —dijo el pescador.
—También yo te saludo —contestó el hombre que se estaba calentando las manos—, aunque no en el nombre de Dios, pues no soy de los suyos. Y tampoco en el nombre del infierno, pues no soy del infierno. No soy más que una cosa sin vida, menos que el viento y más liviano que un sonido, y el viento pasa a través de mí como a través de una red, y el sonido me quiebra y el frío me hace temblar.
