Fabulas

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A lo cual el pescador se levantó y al caer el sol se hizo a la mar en su embarcación, con el pobre infeliz sentado en la proa. Y el rocío de las olas le atravesaba los huesos como la nieve, y el viento silbaba entre sus dientes, y la embarcación no se hundía con su peso.

—Te miro con temor, hijo mío —dijo el pescador—, pues no pareces una criatura de Dios.

—Es sólo el viento que silba entre mis dientes —respondió el pobre infeliz—, y no hay vida en mí que pueda contenerlo.

Así llegaron a la isla de los corderos, azotada por las olas en mitad del mar, rebosante de verdes helechos, perlada de rocío e iluminada por la luna. Atracaron el bote en una caleta y pusieron pie en tierra. Y mientras el pescador avanzaba fatigosamente entre las peñas, internándose en la espesura de los helechos, el pobre infeliz iba en cabeza como una voluta de humo a la luz de la luna. Y así llegaron al túmulo de los muertos y acercaron sus oídos a las piedras. Y oyeron los lamentos de los difuntos como un enjambre de abejas: «Tiempo atrás tuvimos médula en los huesos y fuerza en los nervios, y se ataviaban nuestros pensamientos con los actos y las palabras de los hombres. Pero ahora estamos rotos en pedazos, se han soltado los ligamentos de nuestros huesos y nuestros pensamientos yacen enterrados».

Y el pobre infeliz dijo:


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