Fabulas

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El hombre introdujo la mano, y los difuntos se arremolinaron sobre ella, livianos como hormigas. Pero el hombre los apartó, y hete aquí que sacó con la mano la herradura de un caballo, y estaba cubierta de herrumbre.

—Es un objeto sin valor —dijo—. Está oxidado.

—Eso ya lo veremos —replicó el pobre infeliz—, pues tengo para mí que es buena cosa hacer lo que hicieron nuestros antepasados y conservar lo que ellos conservaron sin dudarlo. Y mi razón me dice que una cosa vale tanto como la otra en este mundo. Y una herradura nos servirá.

Regresaron a la embarcación con la herradura, y al despuntar el día avistaron el humo de la ciudad del conde y oyeron el repique de las campanas de la iglesia. Desembarcaron, y el hombre se dirigió al mercado y se mezcló con los demás pescadores, entre el palacio y la iglesia. Era paupérrimo y feísimo, y no tenía ni un solo pez que vender. No llevaba en su nasa más que una herradura, y para colmo oxidada.

—Ahora —dijo el pobre infeliz—, haz lo que te digo y encontrarás esposa, y yo tendré una madre.


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