Fabulas
Fabulas Sucedió que la hija del conde pasó por allí camino de la iglesia a la hora del rezo, y al ver al pobre hombre en el mercado con tan sólo una herradura oxidada, se le ocurrió que aquel debía de ser un objeto valioso.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Es la herradura de un caballo —dijo el hombre.
—¿Y para qué sirve? —quiso saber la hija del conde.
—No sirve para nada —respondió el hombre.
—No te creo. De ser así, ¿por qué la llevas? —preguntó ella.
—La llevo porque lo mismo hicieron mis antepasados en épocas pasadas. No tengo otra razón, ni mejor ni peor.
La hija del conde no hallaba motivos para creerle.
—Véndemela, pues estoy segura de que es un objeto valioso —dijo.
—No —respondió el hombre—. No está en venta.
—¡Cómo! —protestó ella—. ¿Qué haces entonces aquí, en el mercado, con sólo esa herradura en la nasa?
—Estoy aquí sentado para encontrar esposa.