Fabulas

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«Ninguna de sus respuestas tiene el menor sentido —pensó la hija del conde—. Y sin embargo, me dan ganas de llorar».

En ésas llegó el conde, y su hija lo llamó y se lo contó todo. Y cuando la hija hubo terminado, también el padre pensó que aquél debía de ser un objeto valioso. Conminó al hombre a ponerle precio, so pena de ser ahorcado en el patíbulo, que estaba allí mismo, tal como el hombre podía ver.

—El camino de la vida es recto como los raíles de la botadura —citó el hombre—. Y si he de ser ahorcado, que así sea.

—¡Cómo! —exclamó el conde—. ¿Estás dispuesto a dejar que te ahorquen por una simple herradura, y para colmo oxidada?

—Mi razón me dice que una cosa vale tanto como la otra en este mundo —dijo el hombre—. Y una herradura será suficiente.

«Esto no puede ser», pensó el conde. Y se quedó observando al hombre y mordiéndose las barbas.

Y el hombre lo miró, sonriendo:

—Así lo hicieron mis antepasados en épocas pasadas, y no tengo otra razón, ni mejor ni peor.

«Esto no tiene ningún sentido —caviló el conde—. Debo de estar haciéndome viejo». Se apartó con su hija, y le dijo:


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