Fabulas
Fabulas —Has rechazado a muchos pretendientes, hija mÃa. Pero es muy extraño que un hombre se aferre tanto a una herradura de caballo, y para colmo oxidada. Que la ofrezca como un artÃculo que está en venta y al mismo tiempo no quiera venderla. Y que se siente ahà a la espera de encontrar una esposa. No descansaré hasta llegar al fondo de este asunto. Y no veo otra alternativa que ahorcarlo o que te cases con él.
—A fe mÃa que es horroroso —dijo la hija del conde—. ¿A qué casarme, cuando el patÃbulo está tan cerca y dispuesto?
—No es asà como obraron mis antepasados en épocas pasadas. Soy igual que este hombre, y no puedo ofrecerte otra razón, ni mejor ni peor. Hazme la merced de hablar con él de nuevo.
La hija del conde fue a hablar con el hombre.
—Si no fueras tan horroroso —dijo—, mi padre nos casarÃa.
—Soy feÃsimo —asintió el hombre—, mientras que tú eres hermosa como el mes de mayo. Soy feÃsimo, sÃ, ¿y eso qué importa? Mis antepasados…
—¡En el nombre de Dios —protestó ella—, deja en paz a tus antepasados!
—Si los hubiera dejado en paz —respondió el hombre—, ahora no estarÃas conversando conmigo en el mercado, ni estarÃa tu padre observando por el rabillo del ojo.