Fabulas
Fabulas —Es muy extraño —dijo la muchacha— que pretendas casarte conmigo a cambio de una herradura, y para colmo oxidada.
—Mi razón me dice que una cosa vale tanto…
—Ahórrame eso, por favor, y dime por qué deberÃa casarme contigo.
—Escucha y mira —respondió el hombre.
El viento atravesó entonces al pobre infeliz, simulando el llanto de un bebé, y el corazón de la hija del conde se llenó de ternura, y sus ojos se abrieron, y vio al pobre infeliz como si de un bebé huérfano se tratara, y lo cogió en sus brazos, y al hacerlo, el bebé se evaporó como el aire.
—Ahora te ofreceré una visión de nuestros hijos, del hogar encendido y de nuestras canas. Y espero que con eso baste, pues es todo cuanto Dios tiene a bien conceder.
—No me agrada —dijo ella, pero lanzó un suspiro.
—Los caminos de la vida son rectos como los raÃles de la botadura —dijo el hombre, y tomó a la muchacha de la mano.
—¿Y qué haremos con la herradura? —preguntó ella.
—Se la daré a tu padre, para que con ella construya una iglesia y un molino para mà —dijo el hombre.