Fabulas

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—¡Ay, qué desgracia! Pero si esa idea se te ha metido en los huesos, nada hay que pueda remediarlo. Sea pues tal como lo deseas. Y aunque el poder es menos que la debilidad, poder tendrás. Y aunque ese pensamiento es más frío que el infierno, habrás de estudiarlo hasta el final.

Y así la hija del Rey se sentó en su cámara abovedada, en la casa de piedra, y reflexionó sobre esta idea. Nueve años pasó sentada, mientras el mar rompía en la terraza y las gaviotas gritaban alrededor de las torres y el viento susurraba en las chimeneas del palacio. Nueve años pasó sin salir de allí, sin probar el aire puro ni ver el cielo de Dios. Nueve años pasó sentada, sin mirar a derecha ni a izquierda, ni oír la voz de nadie, sólo pensando en el día de mañana. Su doncella le llevaba la comida en silencio y ella la cogía con la mano izquierda y la comía sin ningunos modales.

Transcurridos los nueve años, anocheció un día de otoño y el viento trajo consigo un sonido semejante a una flauta. La doncella señaló con un dedo hacia la bóveda de la casa.

—Oigo un sonido en el viento, semejante al sonido de una flauta —dijo.

—Es un sonido insignificante —dijo la princesa—, pero a mí me basta.


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