Fabulas
Fabulas —Verá, amigo mÃo, la verdad es que no entiendo cómo está ocurriendo todo esto. No veo cómo es posible que usted y yo, que no existimos, estemos aquà conversando y fumando una pipa ante el mundo entero, como si fuésemos de carne y hueso. Pues bien, de ser asÃ: ¿quién soy yo para soltar mis opiniones? Sé que el autor está de parte del bien. Me lo cuenta cuando se le acaba la tinta mientras está escribiendo. Y eso es todo cuanto yo necesito saber. Por lo demás, afrontaré los riesgos.
—Es evidente que parecÃa estar en contra de George Merry —concedió Silver, en tono pensativo—. Claro que George es poco más que un nombre, en el mejor de los casos —añadió, animándose un poco—. Pero, vayamos por una vez a lo esencial. ¿Qué es el bien? Yo organicé un motÃn, y soy un caballero de fortuna. Usted, a juzgar por lo que se dice, no es ningún santo. Yo soy un hombre de trato fácil. No es su caso: hasta usted mismo lo reconoce. Y a mà no se me escapa que es usted un diablo de cuidado. ¿Qué es qué? ¿Qué es el bien y qué es el mal? ¡DÃgamelo usted! Estamos aquà a la espera, ¡por eso sà que puede apostar!
—Ninguno de los dos somos perfectos —respondió el Capitán—. Eso es una verdad incontestable, amigo mÃo. Yo sólo digo que trato de cumplir con mi deber, y lo cierto es que no puedo felicitarle por sus éxitos, si es que usted también procura cumplir con el suyo.
