Fabulas

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Transcurridos los nueve años, la hija del rey de Duntrine se puso en pie, como quien de pronto recuerda. Miró alrededor, en la casa de piedra, y vio que todos sus criados se habían marchado. Sólo el hombre que tocaba la flauta estaba sentado en la terraza, con una mano delante del rostro, y mientras tocaba, las hojas correteaban por la terraza y el mar rompía contra el muro. Ella le gritó con fuerza: «Es la hora. Muéstrame tu poder». Entonces, el viento apartó la mano del rostro del hombre, y resultó que allí no había hombre alguno: sólo sus vestiduras, y la mano y la flauta, que cayeron amontonadas en un rincón de la terraza y las hojas muertas pasaron revoloteando sobre ellas.

Y la hija del rey de Duntrine se acercó hasta esa zona de la playa donde habían sucedido cosas extrañas en tiempos pasados, y allá se sentó. La espuma del mar le rozaba los pies y las hojas muertas revoloteaban detrás de su espalda, y un golpe de viento levantó el velo que cubría su rostro. Alzó los ojos, y vio que la hija de un rey se acercaba caminando por la playa. Sus cabellos eran como el oro hilado, y sus ojos como las charcas de un río, y no pensaba en el día de mañana, ni tenía ningún poder sobre la hora presente, a la manera de las gentes sencillas.



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