Fabulas
Fabulas —Yo soy de la misma opinión —concedió el doctor—. Sin embargo, ese argumento sólo es apto para las revistas mensuales. Supongamos que sufran. En tal caso sufrirán en interés de una raza inferior que necesita ayuda: no podrÃa haber causa más justa. Y, además, realizaremos descubrimientos que serán útiles también para ellos.
—Pero ¿cómo vamos a descubrir algo —preguntó el polemista— si no sabemos lo que buscamos?
—¡Dios guarde mi cola! —exclamó el doctor, herido en su dignidad—. ¡No hay en todas las islas de Barlovento un simio con una mentalidad menos cientÃfica que la tuya! ¡Pues claro que sabemos lo que buscamos! La verdadera ciencia no tiene nada que ver con eso. Se disecciona por si acaso y, si luego resulta que se descubre algo, uno es el primer sorprendido.
—Tengo otra objeción —dijo el polemista—, aunque no niego que nos divertirÃamos de lo lindo. Date cuenta de que los hombres son muy fuertes y tienen armas de fuego.
—Por lo tanto diseccionaremos a los bebés —concluyó el doctor.