Fabulas
Fabulas EL RELOJERO
LA GARRAFA REPOSABA sobre una mesa en el centro de la habitación. Nadie había cruzado el umbral de la puerta desde hacía una semana. La doncella era muy descuidada y llevaba un mes sin cambiar el agua del recipiente. La raza de animáculos dominante había alcanzado así una notable antigüedad y cosechado importantes avances en el campo de la investigación científica. La astronomía era su principal deleite: los filósofos ocupaban sus días en la contemplación de los cuerpos celestes, mientras la sociedad se complacía en discutir las teorías enfrentadas. Dos ventanas, una al Este y otra al Sur, proporcionaban a los animáculos dos años solares de distinta longitud. El segundo se mezclaba con el primero, que a su vez sucedía al segundo tras un intervalo de oscuridad. Muchas generaciones se alzaban y perecían en el curso de la noche. La tradición solar se debilitó progresivamente, de tal modo que los pesimistas desesperaron de su regreso; y la luna, que se hallaba entonces en su plenitud, engañó a algunos de los más sabios. No fue hasta el sexto largo año solar cuando un animáculo dotado de un intelecto sin par se sublevó, derrocó la ciencia antigua y dejó un legado de honda polémica.
