La Flecha negra

La Flecha negra

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Sombrío el rostro, Dick permanecía allí. Había pensado seguir el camino real hasta donde torcía en dirección de Holywood, y ahora se veía forzado a cambiar de plan. Había reconocido los colores del conde de Risingham, prueba de que la batalla había resultado adversa para los de la rosa de Lancaster. ¿Se había unido a él sir Daniel y resultaba también ahora un fugitivo? ¿O se habría pasado al partido de los de York, con menosprecio de su honor? Horrible dilema.

—Vamos —dijo muy serio; y girando sobre sus talones, comenzó a marchar a través del bosquecillo, precediendo a Matcham que le seguía cojeando.

Durante un buen rato continuaron cruzando el bosque en silencio. Atardecía; el sol se ponía más allá de la llanura de Kettley; las altas copas de los árboles brillaban con reflejos de oro, pero las sombras se espesaban y comenzaba a sentirse el frío de la noche.

—¡Si hubiera algo que comer! —exclamó de pronto Dick, deteniéndose.

Matcham se sentó en el suelo y empezó a llorar.

—Lloras por tu cena; pero cuando se trataba de salvar la vida a unos hombres, bien duro de corazón te mostrabas —le dijo Dick desdeñosamente—. Siete muertos pesan sobre tu conciencia, master Jack; jamás te lo perdonaré.


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