La Flecha negra
La Flecha negra Los hombres del montículo se quedaron al acecho, observándoles atentamente, mientras ellos se alejaban de la playa y se internaban en las desoladas colinas de arena.
Llegaron aun a seguirles de lejos durante una o dos millas, dispuestos a descargar otra nube de flechas sobre los cansados y deprimidos fugitivos a una señal; sólo cuando, al fin, llegaron a terreno firme de un camino real y comenzó Dick a formar a sus hombres en orden marcial, desaparecieron silenciosamente entre la nieve aquellos celosos guardianes de la costa de Inglaterra.
Ya habían logrado lo que se proponían: proteger sus casas y sus tierras, sus familias y sus ganados, y salvados ya sus intereses particulares, poco le importaba a ninguno de ellos que los franceses llevaran sangre y fuego a todas las demás parroquias del reino de Inglaterra.