La Flecha negra

La Flecha negra

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Por su parte, influido por lo que acababa de ver a bordo del Buena Esperanza, eligió a Lawless como compañero de ruta. Caía la nieve sin pausa ni variación alguna, como una nube igual y cegadora; calmado el viento, ya no oía su soplido, y el mundo entero parecía borrado y sepultado bajo el sudario de aquella silenciosa inundación. Grande era el riesgo que corrían de perderse en el camino y perecer entre montones de nieve; por ello Lawless, precediendo siempre algo a su compañero, con la cabeza levantada como perro de caza que ventea, iba avizorando cada árbol y estudiando la ruta como si gobernara un barco entre escollos.

A eso de una milla en el interior del bosque se hallaron en un cruce de caminos, bajo un bosquecillo de altos y retorcidos robles. Aun en el reducido horizonte que dejaba la nieve al caer, era aquél un lugar que nadie podía dejar de reconocer, y evidentemente Lawless lo reconoció con indecible satisfacción.

—Ahora, master Richard —dijo—; si no sois demasiado orgulloso para convertiros en el huésped de un hombre que no es de hidalga cuna, ni siquiera buen cristiano, puedo ofreceros un vaso de vino y un buen fuego que derrita el tuétano de vuestros helados huesos.

—Guíame, Will —contestó Dick—. ¡Un vaso de vino y un buen fuego! ¡Sólo por verlos sería capaz de andar lago trecho!


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