La Flecha negra

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Emprendieron, pues, la marcha camino abajo, con el viento que hacía flotar los hábitos del cura a su favor, y dejaron tras ellos algunas nubecillas que velaban el sol poniente. Pasaron tres de las casas dispersas que componían la aldea de Tunstall, y, al volver un recodo, apareció ante ellos la iglesia. A su alrededor se apiñaban diez o doce casas, mas en la parte posterior el cementerio parroquial lindaba con los prados. Ante el pórtico se hallaban reunidos unos veinte hombres, montados unos y de pie otros junto a sus caballos. Iban armados y montados de diversas formas: unos con lanzas, otros con picas o con arcos y cabalgando algunos caballos de labor, salpicados todavía del lodo de los surcos. Al fin y al cabo no eran más que la hez del pueblo, ya que los mejores hombres y los mejor equipados se hallaban ya en el campo con sir Daniel.

—No lo hemos hecho del todo mal, ¡alabada sea la cruz de Holywood! Sir Daniel se pondrá contento —murmuró el cura, contando para sí los que formaban la tropa.

—¿Quién vive? ¡Alto, si eres de los nuestros! —gritó de pronto Bennet.



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