La Flecha negra

La Flecha negra

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—Otra cosa, señor —añadió Bennet con cierto embarazo—: Si ese Amend-all me ensartase con alguna flecha, bueno sería, acaso, que os desprendieseis de alguna monedilla de oro o quizá de una libra por el bien de mi alma, pues muy probable es que buena falta me haga allá en el Purgatorio.

—Tu voluntad será cumplida, Bennet —repuso Dick—. Pero ¡ánimo, hombre! Todavía hemos de volver a encontrarnos en un lugar donde más necesitado estés de cerveza que de misas.

—¡Quiéralo el cielo, master Dick! —exclamó Bennet—. Pero aquí llega sir Oliver. Si tan rápido fuera con el arco como con la pluma, bravo hombre de armas sería.

Sir Oliver entregó a Dick un pliego sellado con esta dirección: «Al muy noble y venerado caballero sir Daniel Brackley, mi dueño y señor, para serle entregado con toda urgencia».

Y Dick, colocándolo en el pecho en su casaca, dio su palabra de ejecutar la orden y partió hacia el este, con dirección a la aldea.


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