La Flecha negra
La Flecha negra Lo siguió con la vista, bajo los arcos de los desnudos robles, recto y formando una angosta faja. Sobre él se alzaban los árboles con sus nudosas articulaciones y el elevado y frondoso boscaje de las ramas; no se oÃa ni el menor rumor producido por hombres o animales… ni siquiera el revolotear de un petirrojo; y sobre aquel campo de nieve caÃa dorado el sol de invierno entre el tejido de sombras.
—¿Qué te parece que serÃa mejor? —preguntó Dick a uno de sus hombres—. ¿Seguir en lÃnea recta o cortar de través hacia Tunstall?
—Sir Richard —contestó el hombre de armas—, yo seguirÃa la lÃnea recta hasta que veamos que se han dispersado.
—Sin duda tienes razón —dijo Dick—; pero salimos precipitadamente a esta aventura porque no habÃa tiempo que perder. Aquà no hay casas, comida ni abrigo, y cuando apunte el alba vamos a saber lo que es tener helados los dedos y el estómago vacÃo. ¿Qué decÃs a esto, muchachos? ¿Estáis dispuestos a padecer un poco por el buen resultado de la expedición o volvemos hacia Holywood y cenamos en el seno de Nuestra Madre la Iglesia? El caso es algo dudoso y no quiero obligar a nadie; pero si estáis prontos a dejaros guiar por mÃ, yo escogerÃa lo primero.
Casi a una voz contestaron unánimemente los hombres que seguirÃan a sir Richard adonde quisiera.