La Flecha negra
La Flecha negra —¿No veis que lo que decÃs es como ladrarle a la luna? —replicó Dick—. Sabed que el caballero es valiente y tiene mano de hierro, y si sospechase que yo intervine en vuestra fuga, malos vientos soplarÃan para mÃ.
—¡Pobre muchacho! —exclamó el otro—. Ya sé que sois su pupilo. Por lo visto, yo también lo soy, según dice, o si no, que ha comprado el derecho de casarme a su gusto, con quien él quiera… No sé de qué se trata, pero sà que le sirve de pretexto para tenerme esclavizado.
—¡Otra vez me llamáis «muchacho»! —exclamó Dick.
—¿He de llamaros «muchacha», amigo Richard? —replicó Matcham.
—¡No, eso sà que no! —repuso Dick—. Reniego de ellas.
—Habláis como un niño —replicó el otro—. Y pensáis más en ellas de lo que os figuráis.
—Claro que no —repuso Dick con aire resuelto—. Ni siquiera pasan por mi imaginación. ¡Para mà son la mayor calamidad que puede darse! A mà dadme cacerÃas, batallas y fiestas y la alegre vida de los habitantes de los bosques. Jamás oà hablar de muchacha alguna que sirviese para nada; sólo de una supe, y aun ésa, pobre miserable, fue quemada por bruja por llevar ropas de hombre, contra las leyes naturales.