La Flecha negra
La Flecha negra —¡Casarme yo! —exclamó Dick—. Es la primera vez que oigo hablar de ello. ¿Y sabéis con quién he de casarme?
—Con una muchacha llamada Joan Sedley —contestó Matcham, enrojeciendo—. Obra de sir Daniel, quien de ambas partes iba a sacar dinero. Por cierto que oà a la pobre muchacha lamentarse amargamente de semejante boda. Parece que ella opina como vos, o que no le gusta el novio.
—¡Bien! Al fin y al cabo el matrimonio es como la muerte: para todos llega —murmuró Dick con resignación—. ¿Y decÃs que se lamentaba? ¡Pues ahà tenéis una prueba del poco seso de esas muchachas! ¡Lamentarse antes de haberme visto! ¿Acaso me lamento yo? ¡En absoluto! Y si tuviera que casarme, lo harÃa sin derramar una lágrima. Pero si la conocéis, decidme: ¿cómo es ella? ¿Guapa o fea? ¿Simpática o antipática?
—¿Y eso qué os importa? —replicó Matcham—. Si al fin habéis de casaros, ¿qué remedio os queda sino aceptar la boda? ¿Qué más da que sea guapa o fea? Eso son niñerÃas, y vos no sois ningún niño de pecho, master Richard. Sea como fuere, os casaréis sin derramar una lágrima.
—DecÃs bien: nada me importa —repuso Shelton.
—Veo que vuestra esposa tendrá un agradable marido.