La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Bueno, caballeros —añadió el capitán—, poco más os puedo decir. Tenemos que estar en guardia, por favor, y ojo avizor. Ya se que es muy difÃcil y que serÃa preferible enfrentarnos a ellos sin más tardanza. Pero no hay más remedio que aguardar hasta que sepamos con quiénes contamos. Yo recomiendo mantener la calma y ver de qué lado sopla el viento.
—Jim puede ayudarnos más que nadie —dijo el doctor—. Los hombres no se recatan de hablar ante él y es un chico muy listo.
—Hawkins, pongo en ti todas mis esperanzas —añadió el caballero.
Estas palabras me produjeron gran inquietud, pues me sentÃa totalmente impotente; y sin embargo, por una serie de circunstancias singulares, nos salvamos gracias a mi intervención. Entretanto, por mucho que dijéramos, solo siete de veintiséis éramos leales; y, de esos siete, uno era un muchacho, de modo que los adultos de nuestra banda eran seis, contra diecinueve de la otra.