La Isla del tesoro
La Isla del tesoro La Hispaniola avanzaba balanceándose de imbornal a imbornal en la marejada del océano. Las botavaras forzaban los motones, el timón daba bandadas y toda la nave crujía, rugía y se estremecía como la maquinaria de una fábrica. Me tuve que agarrar con todas mis fuerzas a una burda y el mundo empezó a dar vueltas a mi alrededor; porque, aunque era bastante buen marinero cuando el barco avanzaba, el estar parados y balanceándonos como una botella nunca lo he podido aguantar sin marearme, sobre todo por la mañana, con el estómago vacío.
Tal vez fuera esto, o tal vez el aspecto de la isla, con su melancólico bosque gris y sus agrestes picachos de piedra, y el oleaje que podíamos ver y oír batiendo y tronando contra la abrupta costa…, el caso es que, aunque el sol lucía radiante y cálido y las aves costeras pescaban y chillaban a nuestro alrededor y habríais podido pensar que cualquiera se habría alegrado de bajar a tierra después de tanto tiempo en el mar, se me cayó el alma a los pies, como se suele decir y, desde que la vi por primera vez, le cogí una manía espantosa a la isla del Tesoro.
