La Isla del tesoro
La Isla del tesoro No cabÃa duda de que para nosotros habÃan cambiado las tornas. Un momento antes estábamos disparando a cubierto sobre un enemigo descubierto; ahora éramos nosotros los que estábamos a descubierto y no podÃamos contraatacar.
La cabaña estaba llena de humo, cosa que, hasta cierto punto, nos favorecÃa. En mi cabeza retumbaban los gritos y el ajetreo, los fogonazos y las detonaciones, y oà un terrible gemido.
—¡Salid, muchachos, y luchad con ellos afuera! ¡Coged los machetes! —ordenó el capitán.
Agarré un machete del montón y alguien que cogió otro al mismo tiempo me rebanó los nudillos, aunque apenas sentà el corte. Salà disparado a la luz del sol. Alguien corrÃa detrás de mÃ, pero no sabÃa quién era. Delante de mÃ, el doctor perseguÃa a su atacante cuesta abajo y, justo en el momento en que le vi, logró alcanzarlo y lo derribó; el hombre cayó de espaldas con un gran tajo en la cara.
—¡Dad la vuelta a la casa, muchachos, dad la vuelta! —gritó el capitán.
E incluso en medio de aquella barahúnda pude percibir que el tono de su voz habÃa cambiado.