La Isla del tesoro

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CAPÍTULO XXII

Los amotinados no volvieron, y tampoco se oyó ningún disparo más procedente del bosque. «Habían tenido su ración por aquel día», como dijo el capitán, y nosotros pudimos campear a nuestras anchas por el fortín y tuvimos tiempo para curar a los heridos y preparar la cena. El caballero y yo cocinamos al aire libre, a pesar del peligro, pero ni siquiera allí conseguimos centrarnos en lo que estábamos haciendo, debido al horror que nos causaban los terribles gemidos de los pacientes del doctor.

De los ocho hombres caídos en el ataque, solo tres seguían con vida: el pirata que había recibido un disparo a través de la tronera, Hunter y el capitán Smollett; y de ellos, los dos primeros estaban prácticamente desahuciados; de hecho, el amotinado murió bajo el bisturí del médico, y Hunter, a pesar de que hicimos por él lo posible y lo imposible, no volvió a recobrar el sentido. Estuvo todo el día inconsciente, jadeando como el viejo bucanero cuando le dio la apoplejía en nuestra casa; pero tenía la caja torácica machacada por el golpe y se había fracturado el cráneo al caerse; a la noche siguiente, sin decir una palabra ni hacer un gesto, el Señor lo acogió en su seno.


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