La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Pues bien, puesto que ya había encontrado el bote, diréis que ya había hecho suficientes travesuras. Pero el caso es que, mientras tanto, se me había ocurrido otra idea, y me gustaba tanto que habría sido capaz de llevarla a cabo, creo yo, en las mismísimas narices del capitán Smollett. Mi proyecto consistía en salir amparado por la oscuridad de la noche, cortar las amarras de la Hispaniola y dejarla a la deriva, para que encallara en cualquier lugar. Estaba completamente convencido de que los amotinados, tras la derrota de la mañana, no tenían otra cosa en mente que levar el ancla y hacerse a la mar. Y se me ocurrió que era una idea buenísima impedírselo. Y como ya había visto que los marineros que se habían quedado a bordo de guardia no tenían bote, pensé que podía hacerlo con poco riesgo por mi parte.
Me senté a esperar a que oscureciera completamente y sacié mi hambre con una galleta. Era la noche ideal para mi propósito. La niebla ya había ocultado todo el cielo. Cuando vacilaron y al fin se desvanecieron los últimos rayos de luz, la isla del Tesoro quedó sumida en la más profunda oscuridad. Y cuando, al fin, me eché al hombro el coraclo y salí a duras penas del hoyo en donde había cenado, solo había dos puntos visibles en todo el fondeadero.