La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Del lado de la costa, podía ver el acogedor resplandor de la gran hoguera a través de los árboles de la orilla. Alguien cantaba una vieja, monótona y machacona tonada marinera, con un trémolo al final de cada frase, y que al parecer no iba a acabar nunca mientras al cantante le quedara paciencia. Más de una vez la había oído cantar durante la travesía, y recordaba el siguiente estribillo:
Setenta y cinco marineros se hicieron a la mar…
Solo uno de ellos vivo habría de tornar.
Y me pareció que era una cantinela cruelmente adecuada para una banda que había sufrido tan terribles pérdidas aquella misma mañana. Pero en realidad me daba cuenta de que todos aquellos bucaneros eran tan insensibles como los mares que surcaban.
Al fin sopló la brisa; la goleta se balanceó y se acercó en la oscuridad; volví a sentir cómo la amarra del ancla se destensaba y con gran esfuerzo corté de un certero golpe los últimos hilos.
La brisa apenas tenía efecto alguno sobre el coraclo y casi inmediatamente me sentí arrastrado contra la proa de la Hispaniola, al tiempo que la goleta empezaba a girar sobre la quilla, dando vueltas lentamente en la corriente.