La Isla del tesoro

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CAPÍTULO XXVIII

El rojo resplandor de la tea iluminó el interior de la cabaña, haciéndome ver que mis peores temores se habían hecho realidad. Los piratas se habían apoderado de la casa y de las provisiones: allí estaba la barrica de aguardiente, allí estaban la carne de cerdo y el pan, como antes; y lo que multiplicó por diez mi horror fue que no había ni rastro de ningún prisionero. La única conclusión a la que podía llegar es que todos habían perecido, y me dolió en el alma no haber estado allí y morir con ellos.

Había en total seis bucaneros y no se veía a nadie más, ni vivo ni muerto. Cinco de ellos estaban en pie, colorados y con los ojos hinchados por haberse despertado tan de repente del primer sueño de la borrachera. El sexto solo se incorporó sobre un codo; tenía una palidez mortal, y el vendaje ensangrentado que llevaba alrededor de la cabeza revelaba que había sido herido recientemente y todavía más recientemente curado. Recordé que habíamos disparado a un hombre que había salido corriendo por el bosque durante el ataque, y sin duda debía de ser este.


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