La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Ahà vienen —dije regresando a mi sitio, pues me parecÃa poco digno que me encontraran espiándolos.
—Pues que vengan, chico, que vengan —dijo Silver de buen talante—. Aún tengo un as en la manga.
Se abrió la puerta y los cinco hombres entraron a la vez en la cabaña y se quedaron junto a la puerta, empujando a uno de ellos hacia delante. En cualquier otra circunstancia habrÃa resultado cómico ver lo despacio que este avanzaba, vacilando a cada paso, pero con el brazo derecho extendido y el puño cerrado.
—Acércate, muchacho —gritó Silver—, no voy a comerte. Dame eso, so gallina. Conozco muy bien el código de conducta, hombre; no voy a matar al emisario.
Animado con estas palabras, el bucanero dio unos pasos más decididos y, tras entregarle una cosa a Silver de mano a mano, regresó todavÃa más deprisa junto a sus compañeros.
El cocinero echó un vistazo a lo que le habÃa dado y comentó:
—¡La marca negra! Ya me lo figuraba. ¿Y de dónde habéis sacado este papel? Vaya, vaya, esto os va a traer muy mala suerte. ¿Pues no se les ocurre arrancar una página de la Biblia? Pero ¿quién ha sido el imbécil que ha cortado una Biblia?
—¡Ya lo decÃa yo! —rezongó Morgan—. ¿Qué os dije? Que eso nos traerÃa mala suerte, ¿no?