La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Me despertó —o mejor dicho, a todos nos despertó, porque pude ver que incluso el centinela, que se había caído contra la jamba de la puerta mientras dormía, se sobresaltaba y se incorporaba— una voz potente y clara procedente de la linde del bosque, que gritaba:
—¡Ah de la casa! ¡Que viene el doctor!
Y, efectivamente, era el doctor. Aunque oír aquello me alegró, mi regocijo quedó empañado por otro sentimiento. Recordé confusamente mi insubordinación y mi fuga; y al calibrar adonde me había conducido —la compañía en la que me encontraba y los peligros que me acechaban—, me dio vergüenza mirarle a la cara.
Seguramente el médico habría madrugado mucho, porque estaba amaneciendo; y cuando corrí hacia una tronera y miré hacia fuera, lo vi de pie, como Silver en aquella otra ocasión, rodeado de bruma hasta media pierna.
—¡Sois vos, doctor! ¡A los buenos días, señor! —exclamó Silver, completamente despierto y radiante de amabilidad en un instante—. Y bien que habréis madrugado. Como dice el refrán, al que madruga Dios le ayuda. George, espabílate, hijo, y ayuda al doctor Livesey a saltar la empalizada. Todo bien; me refiero a vuestros pacientes…, todo el mundo está bien y contento.
