La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Daba gusto andar por aquel terreno despejado, en la cumbre; nuestro camino iba ligeramente cuesta abajo porque, como ya he dicho antes, la meseta se inclinaba hacia el Oeste. Los pinos, grandes y pequeños, crecían muy dispersos; entre los grupos de mirísticas y de azaleas incluso se veían grandes calveros que se tostaban bajo los fuertes rayos del sol. Dirigiéndonos como nos dirigíamos hacia el Noroeste a través de la isla, por una parte nos acercábamos a las estribaciones del cerro del Catalejo, y por otra, dominábamos la bahía occidental, en la que, días antes, me vi a merced de las olas dentro del coraclo.
Alcanzamos el primero de los grandes árboles que, por su posición, no era el que buscábamos. Lo mismo sucedió con el segundo. El tercero se elevaba hasta casi sesenta metros por encima de la espesura del sotobosque; era una especie gigante con un fuste rojizo del diámetro de una choza y que proyectaba a su alrededor una sombra tan ancha que en ella podría haber hecho maniobras toda una compañía. Se podía ver fácilmente desde el mar, tanto por el Este como por el Oeste, y podía haber servido como referencia en la carta de navegación.