La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Pero esta vez todos estaban plenamente a favor de Merry. Empezaron a salir del agujero, echando miradas furibundas a sus espaldas. Observé un detalle que aparentemente nos favorecía: todos salieron del lado opuesto al que se encontraba Silver.

Y allí estábamos, dos de un lado, cinco del otro, y el hoyo entre medias, pero ninguno recabó suficiente valor como para asestar el primer golpe. Silver no movía un dedo; los vigilaba, muy tieso sobre su muleta, y me parecía más impasible que nunca. No cabe duda de que era valiente. Al final, Merry debió de pensar que una alocución serviría de algo y dijo:

—Compañeros, ahí están esos dos solos; uno de ellos es el viejo tullido que nos trajo hasta aquí y nos metió a todos en este lío; el otro es el cachorro ese, al que tengo intención de arrancarle el corazón. Compañeros…

Estaba alzando el brazo y la voz y se disponía sencillamente a dirigir el ataque cuando… ¡pam!, ¡pam!, ¡pam!…, se oyeron tres disparos de mosquete procedentes del soto. Merry cayó de narices al hoyo. El hombre de la cabeza vendada giró sobre sus talones como una peonza, cayó de costado, todo lo largo que era, y quedó tendido, muerto, aunque agitado por un último espasmo; los otros tres dieron media vuelta y echaron a correr con todas sus fuerzas.


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