La Isla del tesoro
La Isla del tesoro En cierto modo mi curiosidad era mayor que mi temor, pues no pude quedarme donde estaba y volví hacia atrás arrastrándome por la ribera hasta un punto en el que, escondido detrás de unas matas de retama, conseguía dominar el camino que llevaba hasta nuestra puerta. Apenas me había apostado en aquel lugar cuando mis enemigos comenzaron a llegar, unos siete u ocho, corriendo a todo correr, con los pies golpeando el camino desacompasadamente, y el hombre de la linterna unos cuantos pasos por delante. Tres hombres corrían juntos, cogidos de la mano; y adiviné, a pesar de la niebla, que el del medio debía de ser el mendigo ciego. Al instante, su voz me demostró que no me había equivocado.
—¡Echad la puerta abajo! —gritó.
—A la orden, señor —respondieron dos o tres.
Todos se abalanzaron sobre el Almirante Benbow, quedándose el de la linterna en retaguardia. Luego vi que se detenían y los oí hablar en voz baja, como si les sorprendiera encontrar la puerta abierta. Pero su pausa fue breve, porque el ciego volvió a darles órdenes enseguida. Su voz sonaba más fuerte y más aguda, como si estuviera enloquecido de ansiedad y de rabia.
—¡Adentro! ¡Adentro! ¡Adentro! —gritaba, maldiciéndolos por su tardanza.
