La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —¿Y quién es ese hombre? —preguntó el caballero—. ¡Decid el nombre de semejante perro!
—Vos, señor, pues no sois capaz de mantener la boca cerrada. No somos los únicos que sabemos de la existencia de este documento. Los individuos que asaltaron la posada esta noche, unos tipos temerarios y desesperados, sin lugar a dudas, y los demás que se quedaron a bordo del lugre, y otros cuantos que, me atrevo a suponer, no estarÃan muy lejos, están todos ellos convencidos contra viento y marea de que darán con ese dinero. Ninguno de nosotros debe quedarse a solas hasta que nos hagamos a la mar. Jim y yo permaneceremos juntos entretanto, y vos llevaos a Joyce y a Hunter cuando vayáis a Bristol. Y, del primero al último, ninguno de nosotros debe soltar prenda de lo que hemos encontrado.
—Livesey —replicó el caballero—, siempre dais en el clavo. Estaré más callado que un muerto.