La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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CAPÍTULO VII

Tardamos mucho más de lo que el caballero había supuesto en estar listos para hacernos a la mar, y ninguno de nuestros planes iniciales, ni siquiera el del doctor Livesey de que me quedara junto a él, salió según lo previsto. El médico tuvo que ir a Londres en busca de un sustituto para su consulta, el caballero tuvo mucho que hacer en Bristol y yo seguí viviendo en la mansión al cuidado del viejo Redruth, el guardabosque, casi como un prisionero, pero soñando continuamente con la mar y viviendo en mi imaginación maravillosas aventuras en exóticas islas.

Me pasaba las horas pensando en el mapa, cuyos detalles recordaba con toda exactitud. Sentado junto a la chimenea en la habitación del ama de llaves, me aproximaba a la isla a mi antojo desde cualquier dirección posible, exploraba cada acre de su superficie; trepaba mil veces hasta aquel alto cerro llamado del Catalejo y, desde su cumbre, gozaba de las más maravillosas y mudables perspectivas. A veces, la isla estaba poblada de salvajes contra los cuales luchaba; a veces, llena de peligrosas alimañas que nos perseguían; pero, en todos mis sueños, no me sucedía nada tan extraño y trágico como las aventuras que llegamos a vivir.


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