La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Redruth —le comenté a este interrumpiendo la lectura de la carta—, esto no le va a gustar al doctor Livesey. El caballero ha acabado por irse de la lengua.
—Bueno, ¿y quién es nadie para callarle la boca? —gruñó el guardabosque—. Lo raro serÃa que el caballero no hablase lo que calla el doctor Livesey, a buen seguro.
En vista de aquellas palabras, renuncié a cualquier intento de comentario y seguà leyendo:
El propio Blandly encontró la Hispaniola y, tras admirable negociación, la consiguió por tres perras gordas. Hay una clase de gente en Bristol que le tiene una tremenda inquina a Blandly. Llegan hasta el punto de afirmar que este honrado individuo es capaz de cualquier cosa por dinero, que la Hispaniola era suya y que me la vendió a un precio elevadÃsimo; evidentemente, calumnias. Sin embargo, ninguno de ellos se atreve a negar las virtudes del barco.
Hasta aquÃ, ningún obstáculo. A decir verdad, los trabajadores —aparejadores y demás— han sido tremendamente lentos; pero con el tiempo se ha remediado. Lo que me preocupaba era la tripulación.