La Isla del tesoro
La Isla del tesoro La Hispaniola fondeaba a cierta distancia del muelle y tuvimos que pasar por debajo de los mascarones de proa y rodear la popa de más de una nave, cuyas amarras rozaban el casco de nuestro bote o se balanceaban por encima de nuestras cabezas. Por fin acostamos la goleta, y el segundo oficial, el señor Arrow, un viejo marinero de tez morena con pendientes en las orejas y algo bizco, nos recibió y nos saludó según subíamos a bordo. Él y el caballero parecían llevarse muy bien, pero no tardé en darme cuenta de que no se podía decir lo mismo de las relaciones entre el señor Trelawney y el capitán.
Este último era un hombre de aspecto arisco, al que al parecer le irritaba todo lo que sucedía a bordo, y pronto nos contaría el motivo, pues no habíamos hecho más que bajar a la cámara de oficiales cuando se presentó un marinero, que entró y dijo:
—Señor, el capitán Smollett desea hablar con vos.
—Siempre estoy a las órdenes del capitán. Dile que pase —respondió el caballero.
El capitán, que estaba cerca, a pocos pasos del mensajero, entró al instante, cerrando la puerta tras de sí.
