Drácula

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—¡No le haga caso, señor! —interrumpió la señora Bilder, riéndose alegremente—. Este viejo ha estado cuidando durante tanto tiempo a los animales, ¡que maldita sea si no es él mismo como un lobo viejo! Pero todo lo dice sin mala intención.

—Bien, señor, habían pasado como dos horas después de la comida, ayer, cuando escuché por primera vez el escándalo. Yo estaba haciendo una cama en la casa de los monos para un joven puma que está enfermo; pero cuando escuché los gruñidos y aullidos vine inmediatamente a ver. Y ahí estaba Bersicker arañando como un loco los barrotes, como si quisiera salir. No había mucha gente ese día, y cerca de él sólo había un hombre, un tipo alto, delgado, con nariz aguileña y barba en punta. Tenía una mirada dura y fría, y los ojos rojos, y a mí como que me dio mala espina desde un principio, pues parecía que era con él con quien estaban irritados los animales. Tenía guantes blancos de niño en las manos; señaló a los animales, y me dijo:

"Guardián, estos lobos parecen estar irritados por algo.

"Tal vez es por usted —le dije yo, pues no me agradaban los aires que se daba.

"No se enojó, como había esperado que lo hiciera, sino que sonrió con una especie de sonrisa insolente, con la boca llena de afilados dientes blancos.

"—¡Oh, no, yo no les gustaría! —me dijo.


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