Drácula
Drácula No pude encontrar ningún medio de entrar. Cada ventana y puerta tenÃa echado el cerrojo y estaba cerrada con llave, por lo que regresé desconcertado al pórtico. Al hacerlo, escuché el rápido golpeteo de las patas de un caballo que se acercaba velozmente, y que se detenÃa ante el portón. Unos segundos después encontré a van Helsing que corrÃa por la avenida. Cuando me vio, alcanzó a murmurar:
—Entonces era usted quien acaba de llegar. ¿Cómo está ella? ¿Llegamos demasiado tarde? ¿No recibió usted mi telegrama?
Le respondà tan veloz y coherentemente como pude, advirtiéndole que su telegrama no lo habÃa recibido hasta temprano por la mañana, que no habÃa perdido ni un minuto en llegar hasta allÃ, y que no habÃa podido hacer que nadie en la casa me oyera. Hizo una pausa y se levantó el sombrero, diciendo solemnemente:
—Entonces temo que hayamos llegado demasiado tarde. ¡Que se haga la voluntad de Dios! —pero luego continuó, recuperando su habitual energÃa—: Venga. Si no hay ninguna puerta abierta para entrar, debemos hacerla. Creo que ahora tenemos tiempo de sobra.