Drácula
Drácula Yo nunca conocà ni a mi padre ni a mi madre, de tal manera que la muerte de este querido anciano ha sido un verdadero golpe para mÃ. Jonathan está también muy abatido. No sólo se siente triste, muy triste, por el querido viejo que le ha ayudado tanto en su vida, y que ahora al final lo ha tratado como si fuera su propio hijo y le ha dejado una fortuna que para gente de nuestro modesto origen es una riqueza más allá de los sueños de avaricia. Jonathan siente también otra cosa: dice que la gran responsabilidad que recae sobre él lo pone nervioso. Empieza a dudar de sà mismo. Yo trato de animarlo, y mi fe en él le ayuda a tener fe en sà mismo. Pero es precisamente en esto como la gran impresión que ha experimentado ejerce más en él. ¡Oh! Es demasiado duro que una naturaleza tan dulce, simple, noble y fuerte como la de él (una naturaleza que le posibilitó, con la ayuda de nuestro amigo, elevarse desde simple empleado hasta el puesto que hoy tiene) se encuentre tan dañada que haya desaparecido la misma esencia de su fuerza. Perdóname, querida, si te importuno con mis problemas en medio de tu propia felicidad; pero, Lucy querida, yo debo hablar con alguien, pues el esfuerzo que hago por mantener una apariencia alegre ante Jonathan me cansa, y aquà no tengo a nadie en quien confiar. Temo llegar a Londres, como debemos hacerlo pasado mañana, pues el pobre señor Hawkins dejó dispuesto en su testamento que deseaba ser enterrado en la tumba con su padre. Como no hay ningún pariente, Jonathan tendrá que presidir los funerales. Trataré de pasar un momento a verte, querida, aunque sólo sea unos minutos. Perdona nuevamente que te cause aflicciones. Con todas las bendiciones, te quiere,