Drácula

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Así es que Arthur le tomó la mano y se arrodilló al lado de ella, y ella resplandeció, con todas las suaves líneas haciendo juego con la angelical belleza de sus ojos. Entonces, gradualmente, sus ojos se cerraron y se hundió en el sueño. Por un corto tiempo su pecho se elevó suavemente; y subió y bajó como el de un niño cansado.

Luego, insensiblemente, llegó el extraño cambio que yo había notado durante la noche.

Su respiración se volvió estertórea, abrió la boca, y las pálidas encías estiradas hacia atrás hicieron que los dientes parecieran más largos y agudos que nunca. Abrió los ojos de una manera vaga, sonámbula, como inconsciente, reflejando ahora al mismo tiempo vaguedad y dureza, y dijo en una voz suave y voluptuosa, tal como yo nunca la había escuchado en sus labios:

—¡Arthur! ¡Oh, mi amor, estoy tan feliz de que hayas venido! ¡Bésame!

Arthur se inclinó ansiosamente para besarla, pero en ese mismo instante van Helsing, quien, como yo, había estado asombrado por la voz de la joven, se precipitó sobre el novio y, sujetándolo por el cuello con ambas manos, lo arrastró hacia atrás con una fuerza que yo nunca creí pudiera poseer, y de hecho lo lanzó casi al otro lado del cuarto.

—¡Nunca en su vida! —le dijo—; ¡no lo haga, por amor a su alma y a la de ella!


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