Drácula
Drácula Los ojos de Lucy se cerraron; y van Helsing, que había estado observando desde cerca, tomó del brazo a Arthur y lo alejó del lecho.
Luego la respiración de Lucy se volvió estertórea una vez más, y repentinamente cesó del todo.
—Ya todo terminó —dijo van Helsing ¡Está muerta!
Tomé a Arthur del brazo y lo conduje a la sala, donde se sentó y se cubrió la cara con las manos, sollozando como un chiquillo.
Regresé al cuarto y encontré a van Helsing mirando a la pobre Lucy, y su rostro estaba más serio que nunca. El cuerpo de ella había cambiado algo. La muerte le había regresado parte de su belleza, pues sus cejas y mejillas habían recobrado algo de sus suaves líneas; hasta los labios habían perdido su mortal palidez. Era como si la sangre, innecesaria ya para el funcionamiento del corazón, hubiera querido mitigar en lo posible la rigidez y la desolación de la muerte.
"Pensamos que moría mientras estaba durmiendo, y durmiendo cuando murió."
Me situé al lado de van Helsing, y le dije:
—¡Ah! ¡pobre muchacha! Al fin hay paz para ella. ¡Es el final! Él se volvió hacia mí, y dijo con grave solemnidad:
—Nada de eso. ¡Ay!, nada de eso. ¡Es sólo el comienzo!