Drácula
Drácula El profesor miró con grave seriedad. No la habÃa amado como yo, y por ello no habÃa necesidad de lágrimas en sus ojos. Me dijo: "Permanezca aquà hasta que regrese", y salió del cuarto. Volvió con un puñado de ajo silvestre de la caja que estaba en el corredor pero que aún no habÃa sido abierta, y colocó las flores entre las otras, encima y alrededor de la cama. Luego, tomó de su cuello, debajo de su camisa, un pequeño crucifijo de oro, y lo colocó sobre la boca de la muerta. Regresó la sábana a su lugar y salimos de la habitación.
Me estaba desvistiendo en mi propio cuarto cuando, con unos golpecitos de advertencia, entró, y de inmediato comenzó a hablar:
—Mañana quiero que usted me traiga, antes del anochecer, un juego de bisturÃes de disección.
—¿Debemos hacer una autopsia? —le pregunté.